jueves, 13 de marzo de 2014

Triste despedida a dirigente comunitario del recinto Same.


Faltó tiempo, como le faltó a él para seguir viviendo. Faltó tiempo para que todos sus amigos, sus familiares, sus conocidos, le emitieran las palabras que querían decirle. El cadáver había llegado a las 17:00, junto a donde estaba la tumba fría donde hoy descansa el sueño eterno por la eternidad. Habló su hermano Santiago, su tío Carlos, su hija Nadia, un sobrino, un amigo, un dirigente, una autoridad y, al final, cuando el día se eclipsaba, como se eclipsó su vida, un pastor religioso que, invitando a emitir oraciones, pedía por el descanso eterno de su alma.

            Así, sencillamente así, un pueblo consternado, dubitativo y a ratos incrédulo, porque algunos aún no asimilaban que se había ido, despidió al dirigente comunitario, oriundo del recinto Same, Ramón Alberto Lara Olivo, en la cálida e intensa tarde de ayer miércoles 12 de marzo, en el cementerio general de la parroquia Tonchigüe.

            El dirigente, el compañero, el amigo, el hermano, el hijo, el padre, el peleador callejero, el líder incansable, fueron varios de los términos con lo que le calificaron todas las personas que, junto a la que hoy es su tumba, intervinieron antes de que su cuerpo fuera engullido por la fría bóveda que le habían preparado para su descanso eterno.

            Tenía apenas 46 años de edad y, hasta hace poco, se lo había observado lleno de vida por las calles de Same, de Tonchigüe, de Atacames. Insistiendo, gestionando, buscando lo que él consideraba lo mejor para su pueblo y para las organizaciones que él dirigía. Por eso es que se hacía difícil creer que ya no estaba. Apenas 46 años de edad y su vida se había extinguido en poco menos de un mes.

            Es que el epílogo de su muerte empezó a inicios de febrero anterior, cuando una parálisis repentina le impidió mover sus extremidades inferiores. En esa ocasión el primer diagnóstico fue que le habían detectado el Síndrome de Guillaín Barré y, por la gravedad de su caso, el lunes 10 de febrero, desde el Hospital del IESS de Esmeraldas, fue transferido al Hospital Carlos Andrade Marín de la ciudad de Quito.

            Allá, los galenos, detectaron que la situación era mucho peor. Un cáncer avanzado le había comprometido varios órganos y hasta su sistema óseo, por lo que eran mínimas las esperanzas de una recuperación total y, en efecto, lo irremediable, lo que nadie quería, llegó el pasado lunes 10 de marzo, a las 23:30, cuando su cuerpo, sostenido a aparatos médicos, dejó de mostrar signos vitales. Había muerto el dirigente comunitario. No había nada más que hacer.

            Pero un pueblo que cree, que tiene fe y que intuye que con la muerte no termina todo, sabía que aún faltaba algo por hacer y así lo hicieron. Un nutrido número de amigos esperó su cadáver en su natal Same. Llegó a las 09:30 del martes y, desde ese momento, la casa donde vivió la mayor parte de su vida, fue asediada por quienes querían  observarlo y darle el último adiós. En la noche del velorio, como era de esperarse, una multitud de personas, en su mayoría jóvenes, acompañaron masivamente a sus familiares en esa última velada nocturna en la que su cuerpo estaría sobre la faz de la tierra.

            Ayer miércoles, pasado el mediodía, el cadáver fue sacado de su vivienda y, en hombros, sí en hombros, sus amigos, sus familiares, sus compañeros, le cargaron el largo trecho entre Same y Tonchigüe, mientras una extensa caravana de personas y vehículos le seguían. En algunos de los automotores se habían improvisado altoparlantes y se emitían canciones relacionadas a la despedida de un amigo. A las 15:45 su cuerpo ingresaba a la Iglesia Católica Virgen de Lourdes de la cabecera parroquial donde se le ofició una misa de cuerpo presente.

            Posteriormente y luego del rito religioso, la última travesía, en hombros también, hacía el cementerio general de la parroquia Tonchigüe donde se le rindió el tributo póstumo final, como él se lo merecía, como él se lo había ganado en vida. Y, allí, en una tumba fría, cuando la noche de ayer miércoles empezaba a cubrir el suelo tonchigüense, lo cerraron, lo ocultaron. Nada más que eso, porque para muchos, no se ha ido, no se irá, pues vivirá siempre en el recuerdo de sus familiares, de sus amigos y de todos quienes tuvieron el placer de conocerle.

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